Reconocer el propio fuego, disfrutarlo y ser unx con él, sirviéndose de su fuerza para encender la vida por doquier. Suavizarlo, mimarlo y expandirlo como una caricia, tizado con cada latido de un corazón alegre que recibe el mundo con la inocencia de un niñx. Recoger su llama, fundirse en sus colores y susurrarle secretos que transmuta en energía renovada. Renacer con él y descubrirse como ave fénix que recoge en sus plumas la sabiduría más allá del miedo. Y aterrizar... aterrizar en la ausencia de tiempo, en un ahora eterno en el que la luz es el sustento.
sábado, 6 de diciembre de 2014
La pluma despierta
Despertar, abrir los ojos y respirar. Sentir cada mota de aire en los pulmones, agitando sus alas para que el pecho vuele. Recoger el corazón en un cálido abrazo que desconoce el tiempo, esquiva el espacio. Escuchar esa melodía que agita el cuerpo en una danza continua, más allá de su propia piel. Flotar en cada nota, saltar sobre blancas, negras y corcheas, respetar los silencios, anidar en el pentagrama y echar a volar en clave de sol.
martes, 23 de septiembre de 2014
Invocando a los Ents
El sol, escondido tras las nubes, cae rendido otra nueva noche, preso de los encantos de la luna. Sé que voy por el camino correcto, las señales están claras, y en algún lugar puedo encontrar el molino abandonado que supondría un techo perfecto para esperar al día siguiente.
Los hombros doloridos por el macuto me obligan a buscar cobijo con urgencia, pero la comodidad que ese molino me podría ofrecer es lo suficientemente sugerente como para procurar encontrarla. Dejo la mochila a un lado del camino para poder avanzar más rápido e investigar si el molino está tan cerca como creo. Por más que dejo rocas y tocones tras de mí, riachuelos y grutas sinuosas, mi ansiado refugio no da señales de existir. Las nubes ayudan a la oscuridad marcando al sol y negándome sus últimos rayos. Decido volver sobre mis pasos para improvisar un techo en el que pasar la noche. Una ténue lluvia decide hacerme compañía, haciendo que cada piedra suponga una trampa resbaladiza conspirando contra la integridad de mi dentadura.
Recojo mis cosas donde las había dejado y observo a mi alrededor fantaseando con posibles hogares, el hogar de esta noche. Árboles jóvenes desafiando a los ancianos con sus quebradizas ramas. Árboles ancianos haciendo notar su supremacía con su única presencia. El suelo invadido por el éxodo de las hojas en otoño, cubriéndolo con una gama de colores cada vez más imprecisa a medida que la luz se desvanece. Un poco más arriba, cruzando el camino que sube en paralelo a mi ruta, hay una zona bastante libre de pendiente. Las raíces de un árbol se yerguen cual muro hasta la altura de mi cintura, y sus ramas parecen invitarme a un abrazo en el que cantarme una nana. Cedo a la generosidad del bosque y la amabilidad de sus rincones.
Aislo el suelo y fabrico un techo con el chuvasquero y cuerda, solo resistente a una lluvia ligera como las que me fui encontrando hoy. Una tormenta me calaría al medio minuto. En ese instante en el que sabes que el sol ya te ha abandonado, y todavía no puedes sentir la presencia de la luna, sabes que nunca estarás más solx.
Enciendo la linterna para poder identificar mejor el lugar y ubicar mis cosas en el mismo sitio para no extraviar nada. Todo parece en orden, y el sonido del viento me invita a despedir la larga jornada de caminata de hoy. Me descalzo y libero mis pies de sus carceleras, desnudo mis piernas y observo que los músculos de ambas están en la misma posición, a pesar del dolor. La rodilla me hará difícil la jornada de mañana, quizás no avance tanto como había planeado.
Decido retirar mi pensamiento del dolor y sus consecuencias, y me concentro en el agujero que mi estómago ha generado para reclamar alimento. Lo sacio con un bocadillo que me preparé por la mañana antes de partir. El mundo se ve distinto con el estómago lleno... Satisfecha la necesidad primaria, despiertan otras necesidades que hasta ese momento estaban eclipasadas. Agudizo el oído y puedo escuchar claramente pasos, juraría que de un animal de cuatro patas... más de uno. Jadeos... sin duda, no estoy sola. Mi cuerpo se queda completamente paralizado, como si de la ausencia de movimiento se derivase indiscutiblemente mi invisibilidad. La entrada y salida de aire en mi cuerpo queda pospuesta hasta nueva orden, y los sentidos se ponen en modo alerta para detectar el peligro.
Tras los breves segundos en los que mi muerte parece segura bajo las fauces y garras de una manada de lobxs sedientxs de venganza hacia el ser humano, sobreviene un silencio monasterial que invita a la meditación. Es momento de liarme un canuto! Ese silencio, solo perturbado por los movimientos de mi torpeza a la hora de intentar moverme sin descubrir mi cuerpo a la intemperie, se merece un momento de comunión con el humo. Mi garganta se va calentando a medida que los árboles oscilan frente a mis ojos, semiescondidos tras las cascadas de humo. Cerrando los ojos, puedo tener un río al lado, incluso el mar, un ejército de hormigas dispuestas a atacar a ese topo que siempre ubica y posteriormente destruye su elaborado hormiguero, un grupo de arañas tejiendo una tela sobre mí, aisándome del mundo y envolviéndome en una esfera perfecta impenetrable para cualquiera que intente hacerme daño.
La oscuridad ve frustrados sus planes de dominar la tierra esta noche, pues la luz de la luna se reflecta sobre las gotitas que pueblan la niebla, tiñéndolo todo de una opacidad blanquecina. Todo se ve a través de su influjo, no hay manera de escapar de su poder. Los árboles, las babosas, las arañas, incluso las sombras... todo le pertenece, y en la certeza de tal genuina soberanía, me encomiendo a ella mientras mis párpados deciden poner fin a tal obra maestra. El sueño me vence y mi cuerpo se acomoda al duro suelo para recibir el día descansado.
Un ruído me incorpora en la noche. Unos metros más abajo algo se mueve, pero no alcanzo a verlo con la luz disponible. Engancho la linterna y la enciendo en la dirección en que mis oídos me indican que se encuentra el ruído. Unas ramas se mueven unas tras otras, accionadas por un efecto dominó de lo más irónico. Dos luces me atrapan con su resplandor, y sé que el dueño de esos ojos podría no gustarme. Calculando la distancia a la que se encuentra de mí, y la separación que hay entre ambos ojos, intuyo que se trata de un animal pequeño. Aclimato mi visión al contraste entre luz y sombras proyectado por la lintera, y consigo distinguir unas orejas puntiagudas... y unos bigotitos muy monos dignos del más mimado gato doméstico. El minifelino, en principio inofensivo, valora, a la par que lo hago yo, el riesgo que supone mi presencia en la trayectoria de su camino. Decide, al igual que yo, que hay cabida para ambxs en este bosque, y que ambxs merecemos vivir en paz y armonía con el resto de seres animados que habitan en él. Sus patas comienzan a moverse sigilosas hacia adelante, mientras su lomo las acompaña un poco después, encogido como fingiendo ser menos. Al pasar por mi lado, gira su cabeza y me observa con sus ojos brillantes bajo la luz de la linterna, para después volver a dirigirse hacia el frente en la búsqueda insaciable de hembras en celo.
Resuelta la duda de una hipotética amenaza, toca volver al sueño, pero... el ritmo cardiaco alcanzado tras la posible presencia de un cánido salvaje o, lo que es peor, un manada enterita de ellxs, consigue alterarme lo suficiente como para reencontrarme con Morfeo por segunda vez en la noche. Me relajo ante la idea de la Luna observándome, de los árboles erigiendo un fuerte en torno a mí en el que protegerme y acunarme esta noche, inyectándome alguna antigua semilla de fuerza y sabiduría para reemprender mi camino.
Las respuestas están ahí fuera, debajo de cualquier piedra o escondidas entre las raíces de un helecho majestuoso que saluda a la vida entre la magia de los robles. Allí donde poses tu vista, podrás verlas. En cada rincón, en cada camino. Podrás oirlas en tus pasos, en la lluvia. Sentirlas en el agua que nutre tu garganta sedienta, y en la piel de tus amantes. Degustarlas en el fruto de cada árbol cansado, en cada lengua que tu boca devore. Olerlas en la superficie de la tierra tras ser atacada por la tormenta, en las rocas devastadas por las olas del mar... Te esperan... Igual que a mí la certeza de que el sol me desperatará con un fuerte propósito que propulsará mis pasos allí donde los proyecte. Y de nuevo, mi cuerpo se rinde a la tranquilidad que me supone sentirme libre.
Los hombros doloridos por el macuto me obligan a buscar cobijo con urgencia, pero la comodidad que ese molino me podría ofrecer es lo suficientemente sugerente como para procurar encontrarla. Dejo la mochila a un lado del camino para poder avanzar más rápido e investigar si el molino está tan cerca como creo. Por más que dejo rocas y tocones tras de mí, riachuelos y grutas sinuosas, mi ansiado refugio no da señales de existir. Las nubes ayudan a la oscuridad marcando al sol y negándome sus últimos rayos. Decido volver sobre mis pasos para improvisar un techo en el que pasar la noche. Una ténue lluvia decide hacerme compañía, haciendo que cada piedra suponga una trampa resbaladiza conspirando contra la integridad de mi dentadura.
Recojo mis cosas donde las había dejado y observo a mi alrededor fantaseando con posibles hogares, el hogar de esta noche. Árboles jóvenes desafiando a los ancianos con sus quebradizas ramas. Árboles ancianos haciendo notar su supremacía con su única presencia. El suelo invadido por el éxodo de las hojas en otoño, cubriéndolo con una gama de colores cada vez más imprecisa a medida que la luz se desvanece. Un poco más arriba, cruzando el camino que sube en paralelo a mi ruta, hay una zona bastante libre de pendiente. Las raíces de un árbol se yerguen cual muro hasta la altura de mi cintura, y sus ramas parecen invitarme a un abrazo en el que cantarme una nana. Cedo a la generosidad del bosque y la amabilidad de sus rincones.
Aislo el suelo y fabrico un techo con el chuvasquero y cuerda, solo resistente a una lluvia ligera como las que me fui encontrando hoy. Una tormenta me calaría al medio minuto. En ese instante en el que sabes que el sol ya te ha abandonado, y todavía no puedes sentir la presencia de la luna, sabes que nunca estarás más solx.
Enciendo la linterna para poder identificar mejor el lugar y ubicar mis cosas en el mismo sitio para no extraviar nada. Todo parece en orden, y el sonido del viento me invita a despedir la larga jornada de caminata de hoy. Me descalzo y libero mis pies de sus carceleras, desnudo mis piernas y observo que los músculos de ambas están en la misma posición, a pesar del dolor. La rodilla me hará difícil la jornada de mañana, quizás no avance tanto como había planeado.
Decido retirar mi pensamiento del dolor y sus consecuencias, y me concentro en el agujero que mi estómago ha generado para reclamar alimento. Lo sacio con un bocadillo que me preparé por la mañana antes de partir. El mundo se ve distinto con el estómago lleno... Satisfecha la necesidad primaria, despiertan otras necesidades que hasta ese momento estaban eclipasadas. Agudizo el oído y puedo escuchar claramente pasos, juraría que de un animal de cuatro patas... más de uno. Jadeos... sin duda, no estoy sola. Mi cuerpo se queda completamente paralizado, como si de la ausencia de movimiento se derivase indiscutiblemente mi invisibilidad. La entrada y salida de aire en mi cuerpo queda pospuesta hasta nueva orden, y los sentidos se ponen en modo alerta para detectar el peligro.
Tras los breves segundos en los que mi muerte parece segura bajo las fauces y garras de una manada de lobxs sedientxs de venganza hacia el ser humano, sobreviene un silencio monasterial que invita a la meditación. Es momento de liarme un canuto! Ese silencio, solo perturbado por los movimientos de mi torpeza a la hora de intentar moverme sin descubrir mi cuerpo a la intemperie, se merece un momento de comunión con el humo. Mi garganta se va calentando a medida que los árboles oscilan frente a mis ojos, semiescondidos tras las cascadas de humo. Cerrando los ojos, puedo tener un río al lado, incluso el mar, un ejército de hormigas dispuestas a atacar a ese topo que siempre ubica y posteriormente destruye su elaborado hormiguero, un grupo de arañas tejiendo una tela sobre mí, aisándome del mundo y envolviéndome en una esfera perfecta impenetrable para cualquiera que intente hacerme daño.
La oscuridad ve frustrados sus planes de dominar la tierra esta noche, pues la luz de la luna se reflecta sobre las gotitas que pueblan la niebla, tiñéndolo todo de una opacidad blanquecina. Todo se ve a través de su influjo, no hay manera de escapar de su poder. Los árboles, las babosas, las arañas, incluso las sombras... todo le pertenece, y en la certeza de tal genuina soberanía, me encomiendo a ella mientras mis párpados deciden poner fin a tal obra maestra. El sueño me vence y mi cuerpo se acomoda al duro suelo para recibir el día descansado.
Un ruído me incorpora en la noche. Unos metros más abajo algo se mueve, pero no alcanzo a verlo con la luz disponible. Engancho la linterna y la enciendo en la dirección en que mis oídos me indican que se encuentra el ruído. Unas ramas se mueven unas tras otras, accionadas por un efecto dominó de lo más irónico. Dos luces me atrapan con su resplandor, y sé que el dueño de esos ojos podría no gustarme. Calculando la distancia a la que se encuentra de mí, y la separación que hay entre ambos ojos, intuyo que se trata de un animal pequeño. Aclimato mi visión al contraste entre luz y sombras proyectado por la lintera, y consigo distinguir unas orejas puntiagudas... y unos bigotitos muy monos dignos del más mimado gato doméstico. El minifelino, en principio inofensivo, valora, a la par que lo hago yo, el riesgo que supone mi presencia en la trayectoria de su camino. Decide, al igual que yo, que hay cabida para ambxs en este bosque, y que ambxs merecemos vivir en paz y armonía con el resto de seres animados que habitan en él. Sus patas comienzan a moverse sigilosas hacia adelante, mientras su lomo las acompaña un poco después, encogido como fingiendo ser menos. Al pasar por mi lado, gira su cabeza y me observa con sus ojos brillantes bajo la luz de la linterna, para después volver a dirigirse hacia el frente en la búsqueda insaciable de hembras en celo.
Resuelta la duda de una hipotética amenaza, toca volver al sueño, pero... el ritmo cardiaco alcanzado tras la posible presencia de un cánido salvaje o, lo que es peor, un manada enterita de ellxs, consigue alterarme lo suficiente como para reencontrarme con Morfeo por segunda vez en la noche. Me relajo ante la idea de la Luna observándome, de los árboles erigiendo un fuerte en torno a mí en el que protegerme y acunarme esta noche, inyectándome alguna antigua semilla de fuerza y sabiduría para reemprender mi camino.
Las respuestas están ahí fuera, debajo de cualquier piedra o escondidas entre las raíces de un helecho majestuoso que saluda a la vida entre la magia de los robles. Allí donde poses tu vista, podrás verlas. En cada rincón, en cada camino. Podrás oirlas en tus pasos, en la lluvia. Sentirlas en el agua que nutre tu garganta sedienta, y en la piel de tus amantes. Degustarlas en el fruto de cada árbol cansado, en cada lengua que tu boca devore. Olerlas en la superficie de la tierra tras ser atacada por la tormenta, en las rocas devastadas por las olas del mar... Te esperan... Igual que a mí la certeza de que el sol me desperatará con un fuerte propósito que propulsará mis pasos allí donde los proyecte. Y de nuevo, mi cuerpo se rinde a la tranquilidad que me supone sentirme libre.
miércoles, 25 de junio de 2014
Inyección de esperanza
No sé cuánto tiempo llevo sentada frente al ordenador sin hacer nada. La idea inicial era ponerme a escribir, pero dicha intención siempre se topa con los muros de mi miedo. Así que aquí estoy, diciéndole al miedo que puede irse a la puta mierda, porque resulta que me apetece teclear. Sin más. El resultado es lo de menos, pero se presta un reencuentro con las palabras, un amago de orden en medio del kaos.
El presente es una continua espera. Vivir la propia vida es algo que, de pertenecer a este plano de realidad, corresponde al futuro. Mientras, toca tejer puentes entre una "certeza" y otra, entre islas de pseudoestabilidad que dan la falsa sensación de permanencia y seguridad. Es hora de asumir que estamos en continuo movimiento, que podemos redescubrirnos en cada tropiezo, que si el mundo se desmorona... siempre podemos construir otro nuevo a medida.
Las heridas siempre mutan en cicatriz, que aunque deje de doler, te recuerdan que has sido fuerte y que te has aferrado a la vida. Vives, así que tú escoges cómo. Aunque toque atravesar desiertos con las fuerzas justas para sobrevivir, sabes que allí donde la vista no llega, te esperan imponentes montañas, acogedores bosques, praderas mimosas, mares salados y alguna que otra cálida cabaña. Aunque te sientas deshidratar, resiste, pues el agua del rocío mojará tus labios cuando extenuadx te desplomes en el suelo. Cuando veas que se te cae la piel, recuerda que tu propio cuerpo se encargará de devolvértela. Si el aire no llega a tus pulmones es porque has olvidado que lo mereces, así que regálate la oportunidad de volver a respirar. Ahí donde ahora no puedes verla, se esconde tu vida, esperando a que acciones el botón que la desate y la libere. Vívela.
El presente es una continua espera. Vivir la propia vida es algo que, de pertenecer a este plano de realidad, corresponde al futuro. Mientras, toca tejer puentes entre una "certeza" y otra, entre islas de pseudoestabilidad que dan la falsa sensación de permanencia y seguridad. Es hora de asumir que estamos en continuo movimiento, que podemos redescubrirnos en cada tropiezo, que si el mundo se desmorona... siempre podemos construir otro nuevo a medida.
Las heridas siempre mutan en cicatriz, que aunque deje de doler, te recuerdan que has sido fuerte y que te has aferrado a la vida. Vives, así que tú escoges cómo. Aunque toque atravesar desiertos con las fuerzas justas para sobrevivir, sabes que allí donde la vista no llega, te esperan imponentes montañas, acogedores bosques, praderas mimosas, mares salados y alguna que otra cálida cabaña. Aunque te sientas deshidratar, resiste, pues el agua del rocío mojará tus labios cuando extenuadx te desplomes en el suelo. Cuando veas que se te cae la piel, recuerda que tu propio cuerpo se encargará de devolvértela. Si el aire no llega a tus pulmones es porque has olvidado que lo mereces, así que regálate la oportunidad de volver a respirar. Ahí donde ahora no puedes verla, se esconde tu vida, esperando a que acciones el botón que la desate y la libere. Vívela.
martes, 4 de febrero de 2014
Para el frío... humo
Otra ventana vacía, cotilla de nuestros secretos. Como los de lxs demás, de lxs demás son, la única alternativa es que le desvele los míos. Ay, ventana lasciva, que no te hartas de desnudarme, ya haga frío o haga calor. ¿Y qué quieres que te cuente esta noche que ya no sepas? Que echo de menos a la luna, que se me esconde entre los edificios... O quizás soy yo que ya no salgo a buscarla... Fuera es lejos. Y ahí me tiene: abandonaita.
No sé cuándo fue, que dejaron de existir los minutos. Las manecillas de todos los relojes se molieron de tanto girar. Poco a poco, y sin tampoco advertirlo, desaparecieron las horas. Esas cabronas se burlan del sol y de la luna, arbitrarias se muestran como queriendo decir que hay algún tipo de relación entre la última y la anterior. Y luego... los días. Miércoles o domingo son palabras que no figuran en mi diccionario... quizás allá por los tiempos de un señor llamado Don Quijote, las usaran. Voilà! Ha muerto el tiempo. Es una palabra que, cuando la piensas, se oye con eco en la cabeza. Pero ya no existe. Se habrá instalado en la vida de otrxs para regirla con su tic-tac.
Espacio... también tú comienzas a presentar tendencias escapistas. Estás presente. Me indicas continuamente dónde estoy... pero a veces te pierdo. Mi cabeza es ágil y me devuelve a ti, clavando mis ojos en tus rincones para no olvidarme que esto es Madrid, mientras repito abrazada a la almohada: "hoy es miércoles". Una parte de mí, se esfuerza por no perder un mínimo de referencias que me aten a la cordura. La otra parte, se entrega gustosa a la decadencia más asquerosa.
Apaga la luz. Cierra la puerta. No hagas ruido. Silenciooooo... Nútrete de esa maravilla, mézclate con ella cerrando la puta boca. ¿No lo oyes? Pum pum, pum pum... Parece ser que procede de mí, así que eso solo puede significar que estoy viva, cuando ya de todxs me había despedido en mi funeral, y aquí sólo hace frío. PUM PUM, PUM PUM!!!: Redobla en mis oídos. No te quiero oir! Y a su alrededor construyo una jaula para que deje de moverse por todo el pecho, pero el frenético y ruidoso bombeo no lo puedo apaciguar, y los barrotes se me clavan fríos y poderosos.
Me convierto en humo sólo para escapar de ti, para convertirme en ninfa del bosque que juguetona se esconde de la realidad. Ardiendo recorre mi garganta para ardiendo anestesiarme otro día cualquiera más. Derrite con sus cálidas manos de santa los barrotes y los grilletes de mi pecho, y saca al corazón a dar un paseo, pa que le dé el aire y eso. Siempre vuelve temeroso de reocupar el ataud que mi cuerpo supone para él. Y los ojos se cierran pa mimarlo, pa que no le entre luz que lo desvele de su sueño...
domingo, 6 de octubre de 2013
Escupiendo la ira
La rabia se atasca en cada músculo y se entretiene en un incesante rechinar de dientes. Martillea el cráneo, punza los ojos y desgarra intestinos a su paso. El significado de autocontrol cada vez se esconde más en el diccionario, y el impulso de gritar, mutilar y degollar es cada vez más irrefrenable.
Alimento escenas paralelas en las que tu cabeza rueda por el suelo empapada en sangre, y tu sonrisa se esfuma para dejar paso a una gratificante expresión de terror. No necesito fuego, ni katanas, ni sacacorchos. Con garras y dientes hago jirones tu cuerpo, ignorando cualquier intento de resistencia que te esfuerces en mostrar. Arranco piel, desgarro carne, rompo huesos... El sonido de tu muerte es la mejor nana para mis oídos, y tu sangre la mejor loción para mi desnutrida piel.
Grita, grita todo lo que quieras que no encontrarás piedad. Te aplasto bajo mis pies descalzos, que para esto las botas me sobran. Te exprimo la vida, como a una naranja su jugo... y se te escapa lejos entre aullidos de dolor. Qué tierna escena...
No puedo dejar de reir mientras estampo tu cabeza contra el suelo, siendo cada vez más difícil reconocer tu rostro. Intenta balbucear algo entre dientes rotos a ver si puedes! Atrévete a desafiarme ahora que conoces el alcance de mi ira! ¿Decías algo? No consigo traducir ninguna palabra entre tanto llanto cobarde. Puedes suplicar todo lo que quieras, incluso arrepentirte en un desesperado ataque de debilidad, que mis oídos hoy están sordos a cualquier otra cosa que no sea la sed de sangre de mi guerrera.
Ahora no eres nada. Sólo un charco nauseabundo de grumos sanguinolentos y astillas diminutas. Me duele todo el cuerpo de convertirte en la mierda que eres, pero volvería a hacerlo aún teniendo los brazos reventados y los dientes desgastados. La vida es demasiado para ti, y mi afán de justicia te la arrebatará cada vez que tu cínico rostro esboce una sonrisa...
Vuelvo a mi sofá, con los cojines descolocados, la manta tirada por el suelo y el ordenador descansando intacto sobre los muslos. Todas las teclas siguen en su sitio a pesar de haber recibido a mis sádicos dedos en un intento de liberar la frustración que me supone saberte con vida. Pero no... lejos de habitar el Hades que tan adaptado contexto supondría para tus oscuras intenciones, sigues por el mundo de lxs vivxs jodiendo a quien estremece el pedestal sobre el que te yergues. Has tenido suerte... mi violencia sólo se manifiesta a través de las letras... de momento...
Alimento escenas paralelas en las que tu cabeza rueda por el suelo empapada en sangre, y tu sonrisa se esfuma para dejar paso a una gratificante expresión de terror. No necesito fuego, ni katanas, ni sacacorchos. Con garras y dientes hago jirones tu cuerpo, ignorando cualquier intento de resistencia que te esfuerces en mostrar. Arranco piel, desgarro carne, rompo huesos... El sonido de tu muerte es la mejor nana para mis oídos, y tu sangre la mejor loción para mi desnutrida piel.
Grita, grita todo lo que quieras que no encontrarás piedad. Te aplasto bajo mis pies descalzos, que para esto las botas me sobran. Te exprimo la vida, como a una naranja su jugo... y se te escapa lejos entre aullidos de dolor. Qué tierna escena...
No puedo dejar de reir mientras estampo tu cabeza contra el suelo, siendo cada vez más difícil reconocer tu rostro. Intenta balbucear algo entre dientes rotos a ver si puedes! Atrévete a desafiarme ahora que conoces el alcance de mi ira! ¿Decías algo? No consigo traducir ninguna palabra entre tanto llanto cobarde. Puedes suplicar todo lo que quieras, incluso arrepentirte en un desesperado ataque de debilidad, que mis oídos hoy están sordos a cualquier otra cosa que no sea la sed de sangre de mi guerrera.
Ahora no eres nada. Sólo un charco nauseabundo de grumos sanguinolentos y astillas diminutas. Me duele todo el cuerpo de convertirte en la mierda que eres, pero volvería a hacerlo aún teniendo los brazos reventados y los dientes desgastados. La vida es demasiado para ti, y mi afán de justicia te la arrebatará cada vez que tu cínico rostro esboce una sonrisa...
Vuelvo a mi sofá, con los cojines descolocados, la manta tirada por el suelo y el ordenador descansando intacto sobre los muslos. Todas las teclas siguen en su sitio a pesar de haber recibido a mis sádicos dedos en un intento de liberar la frustración que me supone saberte con vida. Pero no... lejos de habitar el Hades que tan adaptado contexto supondría para tus oscuras intenciones, sigues por el mundo de lxs vivxs jodiendo a quien estremece el pedestal sobre el que te yergues. Has tenido suerte... mi violencia sólo se manifiesta a través de las letras... de momento...
lunes, 2 de septiembre de 2013
Ni bella ni obediente. Observando los márgenes de expresión de género
Acabo de empezar a un libro que hasta hace poco estaba destinado a morir sepultado bajo el polvo en la estantería del salón. Éste aborda las distintas expresiones del género entre las mujeres, y más concretamente aquellas formas no convencionales más cercanas a lo masculino: marimachos o camioneras, la butch de la cultura lesbiana.
En uno de los párrafos por los que se paseó mi vista, se lanzaban hipótesis acerca de la motivación de las mujeres para presentar una estética tendentemente masculinizada. Lo cierto es que nunca fui demasiado femenina, rozando mi estética los límites masculinos, e incluso zambulléndose claramente en la masculinidad en según qué días. Este debate, por lo tanto, me afecta vagamente en lo personal, constituyéndose en una autorrevisión (sí, otra más, por eso de no perder la costumbre) de la que extraer alguna conclusión que seguramente olvidaré para volver a revisar nuevamente en el futuro.
En lo personal, supongo que la exteriorización de una estética masculina empezó siendo una manifestación de mi baja autoestima. Algo así como "de donde no hay, no se puede sacar", o un "aunque la mona se vista de seda, mona se queda". El caso es que despreocuparme por mi aspecto me permitía invertir mi tiempo en el cultivo de mi intelecto, o así lo llegué a justificar en algún momento. Bueno, pues no. Todo ese tiempo ahorrado no lo he invertido en nada. Se puede decir que mi vida es una sucesión de pérdidas de tiempo. Puedo pasarme horas sin hacer absolutamente nada, y no sé hasta que punto soy consciente del recorrido de mis pensamientos por mi mente. Estoy segura de que esto tiene algo que ver en mi enajenación mental.
Así, la apatía hacia mi apariencia, se convierte en lo que sin duda es la siguiente motivación por la que quizás una mujer asume una estética no estereotípicamente femenina: reivindicación política. Me encanta pensar que, más allá de la dejadez, mi falta de comodidad en la asunción de un rol femenino se debe a una respuesta activa hacia un canon estético, por lo que podría aparentar estar en posesión de una libertad que hoy por hoy está bastante lejos de formar parte de mi vida. En cualquier caso, se trata de identificarse en términos diferentes a los esperados en una mujer: belleza y obediencia. Ni bella ni obediente (bueno, obediente en según qué casos, que la vida en sociedad plantea demasiados requerimientos, y a la mínima te puede dejar fuera de juego... ¿y yo quiero jugar? Me da bastante pereza, la verdad...).
Pues lo dicho! El imperativo que hoy existe hacia la mujer en lo relativo a su estética me toca mucho, pero mucho los ovarios. Tanto, que la opción más atractiva era desterrarlo... parcialmente. Vale que paso de maquillajes, tacones y bolsos (sobre todo los bolsos!), y lo hago genuinamente, es todo un placer para mí no tener de esas cosas en mi casa. Los rechazo enteramente por carentes de sentido y razón de ser en esta vida que resulta que es mía. Pero no puedo evitar seguir atrapada en la admiración hacia ciertas normas de belleza que, por supuesto, no me esfuerzo en cumplir, y q son las más ancladas a la genética, a lo aparentemente inamovible (cara angelical y cuerpo de escándalo, básicamente). El caso es quejarse, y me quejo, pero no pongo medios para modificarlo (no me nace ni lo más mínimo). Y dicho así, a los cuatro mudos vientos de internet, que no me acepte es una realidad perpetua, y el espejo (en todas sus modalidades) me pinta todos los días el rostro de mi enemiga. Quizás la madurez emocional me lleve a evolucionar hacia otra visión de mí misma.
Desviándome de nuevo... ¡Estética masculina! Parece ser que hay varias opciones más académicas. Hay quien dice que la inadaptación o la desviación es la explicación más plausible, aunque es una hipótesis muy vinculada al lesbianismo. Me descoño con las palabras "inadaptación" y "desviación"... Pero vamos a ver... ¿cómo no vamos a estar inadaptadas o desviadas? ¿Es que no habéis observado bien cual es esa realidad a la que adaptarse y cual la norma de la que desviarse? Al contrario de lo que pretenden vender con esos términos, para mí son un síntoma de sana locura.
Aunque la autora del libro no lo contemple, me parece vital recalcar la reivindicación política como motivo para desechar una estética puramente femenina. Pero hay que entender, en este sentido, la feminidad como producto en nuestra sociedad de consumo. Su creador es el control social, por supuesto, y su ejecutor, el mercado. La trama se desarrolla inoperativizándonos como sujetos de lucha, como colectivo con potencial combativo. El rechazo a formar parte de esa eterna cadena de consumo que ejerce tal control social sobre nosotras, nos permite observar al mundo de forma crítica y poder huir de lo impuesto. ¿Y la solución es una estética masculina? Pues la verdad es que no necesariamente, pero ahí andamos, divagando insomnes...
Tercera y última posible explicación: la propia misoginia, "odio la mujer que soy, y por ello procuro camuflarme en el hombre que podría ser". ¿Quién sabe? Lo mismo soy muy misógina. Nunca me lo he llegado a plantear de forma profunda por miedo a disgustarme la respuesta. Lo cierto es que sí tengo un fuerte rechazo hacia la mujer como producto, pero eso es algo que nosotrxs hemos creado, y no tiene nada que ver con la esencia misma de la mujer, donde verdaderamente reside su belleza oculta.
Y ahora que definitivamente me he desvelado, y parece imposible conciliar el sueño, podría iniciar un discurso acerca del relativismo sexual y de género. Me reconforta sentir que esa es la verdad, como si fuese la profetisa de una nueva diosa (o dios, venga, vamos a ponerlo también en masculino, por eso de no discriminar) a la que todxs tuvieran que adorar. Y predicar, predicar, predicar... Moldear las palabras al antojo de ese ente divino y azotar con ellas las lenguas de lxs infieles! Pero no lo voy a hacer porque ya me estoy empezando a aburrir de mí misma. Hombre, mujer, femenino, masculino... son términos que existen en el diccionario porque designan algo que existe, aunque solo sea en el imaginario colectivo (no te flipes... tú y yo sabemos que su alcance es mucho mayor). ¡Puagh! ¿Cuántas palabras deberían desaparecer del diccionario para poder vivir en el mundo soñado?
En uno de los párrafos por los que se paseó mi vista, se lanzaban hipótesis acerca de la motivación de las mujeres para presentar una estética tendentemente masculinizada. Lo cierto es que nunca fui demasiado femenina, rozando mi estética los límites masculinos, e incluso zambulléndose claramente en la masculinidad en según qué días. Este debate, por lo tanto, me afecta vagamente en lo personal, constituyéndose en una autorrevisión (sí, otra más, por eso de no perder la costumbre) de la que extraer alguna conclusión que seguramente olvidaré para volver a revisar nuevamente en el futuro.
En lo personal, supongo que la exteriorización de una estética masculina empezó siendo una manifestación de mi baja autoestima. Algo así como "de donde no hay, no se puede sacar", o un "aunque la mona se vista de seda, mona se queda". El caso es que despreocuparme por mi aspecto me permitía invertir mi tiempo en el cultivo de mi intelecto, o así lo llegué a justificar en algún momento. Bueno, pues no. Todo ese tiempo ahorrado no lo he invertido en nada. Se puede decir que mi vida es una sucesión de pérdidas de tiempo. Puedo pasarme horas sin hacer absolutamente nada, y no sé hasta que punto soy consciente del recorrido de mis pensamientos por mi mente. Estoy segura de que esto tiene algo que ver en mi enajenación mental.
Así, la apatía hacia mi apariencia, se convierte en lo que sin duda es la siguiente motivación por la que quizás una mujer asume una estética no estereotípicamente femenina: reivindicación política. Me encanta pensar que, más allá de la dejadez, mi falta de comodidad en la asunción de un rol femenino se debe a una respuesta activa hacia un canon estético, por lo que podría aparentar estar en posesión de una libertad que hoy por hoy está bastante lejos de formar parte de mi vida. En cualquier caso, se trata de identificarse en términos diferentes a los esperados en una mujer: belleza y obediencia. Ni bella ni obediente (bueno, obediente en según qué casos, que la vida en sociedad plantea demasiados requerimientos, y a la mínima te puede dejar fuera de juego... ¿y yo quiero jugar? Me da bastante pereza, la verdad...).
Pues lo dicho! El imperativo que hoy existe hacia la mujer en lo relativo a su estética me toca mucho, pero mucho los ovarios. Tanto, que la opción más atractiva era desterrarlo... parcialmente. Vale que paso de maquillajes, tacones y bolsos (sobre todo los bolsos!), y lo hago genuinamente, es todo un placer para mí no tener de esas cosas en mi casa. Los rechazo enteramente por carentes de sentido y razón de ser en esta vida que resulta que es mía. Pero no puedo evitar seguir atrapada en la admiración hacia ciertas normas de belleza que, por supuesto, no me esfuerzo en cumplir, y q son las más ancladas a la genética, a lo aparentemente inamovible (cara angelical y cuerpo de escándalo, básicamente). El caso es quejarse, y me quejo, pero no pongo medios para modificarlo (no me nace ni lo más mínimo). Y dicho así, a los cuatro mudos vientos de internet, que no me acepte es una realidad perpetua, y el espejo (en todas sus modalidades) me pinta todos los días el rostro de mi enemiga. Quizás la madurez emocional me lleve a evolucionar hacia otra visión de mí misma.
Desviándome de nuevo... ¡Estética masculina! Parece ser que hay varias opciones más académicas. Hay quien dice que la inadaptación o la desviación es la explicación más plausible, aunque es una hipótesis muy vinculada al lesbianismo. Me descoño con las palabras "inadaptación" y "desviación"... Pero vamos a ver... ¿cómo no vamos a estar inadaptadas o desviadas? ¿Es que no habéis observado bien cual es esa realidad a la que adaptarse y cual la norma de la que desviarse? Al contrario de lo que pretenden vender con esos términos, para mí son un síntoma de sana locura.
Aunque la autora del libro no lo contemple, me parece vital recalcar la reivindicación política como motivo para desechar una estética puramente femenina. Pero hay que entender, en este sentido, la feminidad como producto en nuestra sociedad de consumo. Su creador es el control social, por supuesto, y su ejecutor, el mercado. La trama se desarrolla inoperativizándonos como sujetos de lucha, como colectivo con potencial combativo. El rechazo a formar parte de esa eterna cadena de consumo que ejerce tal control social sobre nosotras, nos permite observar al mundo de forma crítica y poder huir de lo impuesto. ¿Y la solución es una estética masculina? Pues la verdad es que no necesariamente, pero ahí andamos, divagando insomnes...
Tercera y última posible explicación: la propia misoginia, "odio la mujer que soy, y por ello procuro camuflarme en el hombre que podría ser". ¿Quién sabe? Lo mismo soy muy misógina. Nunca me lo he llegado a plantear de forma profunda por miedo a disgustarme la respuesta. Lo cierto es que sí tengo un fuerte rechazo hacia la mujer como producto, pero eso es algo que nosotrxs hemos creado, y no tiene nada que ver con la esencia misma de la mujer, donde verdaderamente reside su belleza oculta.
Y ahora que definitivamente me he desvelado, y parece imposible conciliar el sueño, podría iniciar un discurso acerca del relativismo sexual y de género. Me reconforta sentir que esa es la verdad, como si fuese la profetisa de una nueva diosa (o dios, venga, vamos a ponerlo también en masculino, por eso de no discriminar) a la que todxs tuvieran que adorar. Y predicar, predicar, predicar... Moldear las palabras al antojo de ese ente divino y azotar con ellas las lenguas de lxs infieles! Pero no lo voy a hacer porque ya me estoy empezando a aburrir de mí misma. Hombre, mujer, femenino, masculino... son términos que existen en el diccionario porque designan algo que existe, aunque solo sea en el imaginario colectivo (no te flipes... tú y yo sabemos que su alcance es mucho mayor). ¡Puagh! ¿Cuántas palabras deberían desaparecer del diccionario para poder vivir en el mundo soñado?
miércoles, 28 de agosto de 2013
La respuesta es el camino
Buscamos incesantemente respuestas, sin formular antes ninguna pregunta. Quizás porque las preguntas son tan osadamente ambiciosas que no tienen cabida entre los signos de interrogación. Y sin embargo, a veces parece asomarse entre incertidumbres y cacaos mentales varios, alguna que otra "iluminación" que bien pudiera llegar a convertirse en una respuesta rebelde.
Miras atrás y te das cuenta de que, efectivamente, el tiempo pasa. Que algunas de las luces que arrojó sobre las sombras tuvo una validez temporal ya caduca. Que cada instante requiere de una nueva revisión, pues cada brisa nos transforma al compás de las propias transformaciones del mundo que nos acoge. Lo que ayer era tabú, hoy es norma. Lo que hoy agota, ayer prendía motores. Pero siempre hay algo perenne que te permite reconocerte a través de los años, asomándose para recordarte tu historia y advertirte de tu destino... un destino mimosamente confeccionado para ti, con lacitos del color que habitualmente utilizas para pintar tu vida.
Miras atrás y te das cuenta de que, efectivamente, el tiempo pasa. Que algunas de las luces que arrojó sobre las sombras tuvo una validez temporal ya caduca. Que cada instante requiere de una nueva revisión, pues cada brisa nos transforma al compás de las propias transformaciones del mundo que nos acoge. Lo que ayer era tabú, hoy es norma. Lo que hoy agota, ayer prendía motores. Pero siempre hay algo perenne que te permite reconocerte a través de los años, asomándose para recordarte tu historia y advertirte de tu destino... un destino mimosamente confeccionado para ti, con lacitos del color que habitualmente utilizas para pintar tu vida.
Y así llegas a hoy, un miércoles por la noche con la maleta hecha rumbo a lo que se supone será tu rutina diaria durante unos pocos meses más, dándote cuenta de que tus raíces están comenzando a fortalecerse en la tierra que abandonas otra vez. Cierras los ojos para hacer aquello que crees que debes hacer, mientras una llama en tu interior arde por desafiar esa norma que cualquiera "en su sano juicio" seguiría. Romper, disgregar, desgarrar, disociar, mutilar, cercenar o quebrantar. Me basta cualquier acción que me lleve a hundir la desgastada suela de mi bota en un sitio en el que marcar el antes y el después de una motivación, las causas y las consecuencias de una decisión.
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